La fiesta de Los Jarritos en los felices años veinte

Los Jarritos en los años 20 - Archivo Tristancho-Lieva
La Asociación Lieva descubre la foto más antigua de la gran mojada de Galaroza
La investigación en
los archivos públicos y privados siempre ofrece sorpresas agradables. En estas
lides, la Asociación Cultural Lieva se ha convertido en uno de los colectivos
que mayores aportaciones está haciendo en los últimos años al patrimonio
documental y gráfico onubense, con numerosos hitos de calidad y valía. Su
último descubrimiento ha sido una fotografía que refleja la fiesta de Los
Jarritos de los años 20, que podría convertirse en la más antigua encontrada
hasta la fecha relacionada con la mojada cultural de Galaroza que se celebra el
día 6 de septiembre en esta localidad onubense que forma parte del Parque
Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche.
El hallazgo se ha
producido en el contexto habitual de la asociación de búsqueda de imágenes para
ilustrar elementos divulgativos de la fiesta cada año. Para el cartel
sensibilizador de 2026 ha encontrado una imagen que ofrece elementos propios de
la fiesta y también de los felices 20, por lo que todo encajaría para ser
considerada como la más tradicional del evento.
La imagen sitúa en
primer plano a tres jóvenes serranas en el marco de una calle de Galaroza,
posando durante el transcurso del especial acontecimiento. Llevan en sus manos
los piporros típicos que protagonizaban Los Jarritos en tiempos pretéritos, en
ademán de ser usados para mojar de alguna de las maneras usadas en aquellos
tiempos.
El documento ha
sido analizado desde diversos puntos de vista, sometiéndolo a la opinión de
diversos expertos y también al examen tecnológico de la Inteligencia
Artificial. Las conclusiones son que la estética de los personajes
fotografiados pertenece sin ningún tipo de dudas a la década de los años 20,
probablemente en su última etapa. Las tres mujeres lucen una apariencia
plenamente pulcra y cuidada, sus vestidos y peinados se corresponden con la
moda imperante en la época. Entre otros detalles, presentan cortes de pelo
estilo ‘bob’ y ‘garçonne’, peinados con marcadas ondas al agua a los lados de
las orejas, una tendencia estética urbana que alcanzó su máximo esplendor entre
1925 y 1929. Los vestidos exhiben el talle bajo característico de la década,
con líneas rectas y tubulares. Destacan los detalles de confección, como
solapas tipo camisero o marinero, elaborados en tejidos lisos y bien
estructurados. La presencia de zapatos urbanos de pulsera fina sobre el
empeine, completamente alejados del calzado de trabajo agrícola o doméstico,
confirma que las jóvenes estaban vestidas "de gala" o de paseo para
acudir a la fiesta. Aunque no fuese la moda imperante en el mundo rural, sí encajaría
en la indumentaria propia de las personas de clase social alta, que son las que
aparecen en la fotografía.
La imagen presenta
también a los piporros protagonistas de la fiesta por aquellos entonces,
incluso una de las mujeres, la de la derecha, parece estar en disposición de
mojar al fotógrafo. Lo hace con un ademán suave, una de las formas de usar el
utensilio principal de la mojada, que complementaban algunas otras maneras como
soplar por el agujero grueso del objeto de barro para que el agua saliese por el
pitorro fino. En este caso, la rigidez exigida por la toma de la fotografía y
el protocolo de posado de la época impiden una imagen con más acción, pero en
realidad, responde fielmente a la disciplina y tranquilidad con que transcurría
la fiesta tiempo atrás. La fotografía, de hecho, capta el instante previo al
juego festivo, que entre el género femenino tenía sus características propias.
En efecto, el
reparto de roles estaba claramente definido. Mientras los chicos se afanaban
por mojar a las jóvenes de cualquier modo posible, sobre todo soplando con el
piporro, ellas procuraban evitarlo incluso rompiendo los recipientes de barro
con piedras del lugar. Todo ello generaba una sensación de jovialidad, de
libertad en tiempos difíciles y también de referencias eróticas poco habituales
para la época.
Son elementos que
Los Jarritos han mantenido en el tiempo, aunque evolucionando en función de las
costumbres sociales. Desde intentar prohibirlos por su carácter libertario y
sin reglas, hasta el desenfreno que han adquirido en tiempos recientes, donde
el cubo se ha impuesto como herramienta principal y se mezcla con la fiesta y
la efervescencia juvenil.
Con estos datos,
podríamos estar, a juicio de los análisis realizados, ante la representación
gráfica documentada más antigua que se conoce de la fiesta de Los Jarritos. El
año más aproximado podría ser en torno a 1927, suponiendo un auténtico hito
para la historiografía local y onubense, ya que retrotrae la memoria de esta
manifestación festiva a un periodo del que apenas subsisten testimonios orales o
directos.
El legado de Los Jarritos
El descubrimiento
de esta pieza en el Archivo Tristancho-Lieva adquiere una dimensión relevante
en la recuperación, salvaguarda y difusión del patrimonio documental y gráfico
de la comarca. Llegó a esta colección por donación de la familia de Manuel
Antonio González, que es colaboradora de la asociación desde hace años gracias
a la constante preservación de su herencia a todos los niveles.
La fotografía que
se tenía como más antigua relacionada con Los Jarritos hasta ahora estaba
datada en 1932 y fue también divulgada por la Asociación Lieva hace dos años. A
su archivo llegó un álbum de fotos que revelaba costumbres y lugares de la
localidad y la Sierra de Huelva, comprado en un foro de antigüedades. Esta
colección de imágenes incluía una que recoge la fiesta de Los Jarritos, tal
como se celebraba antiguamente. En ella aparecía una niña representativa de los
elementos definitorios de la fiesta, en ademán de soplar por el jarrito o
piporro para mojar a los demás. Fue bautizada como ‘La Niña del Piporro’ y
protagonizó el cartel divulgativo y la camiseta de la Asociación Lieva en 2024.
La foto de los años
20 difundida ahora también recoge simbólicamente aspectos identitarios de la
mojada. El paso de los alfareros de Salvatierra y otros pueblos de la Tierra de
Barros extremeña, camino de la romería en honor a la Reina de los Ángeles,
hacía aconsejable descansar en el camino, y aprovecharían su estancia en
Galaroza para vender sus productos cerámicos. De esta forma, exponían sus
cacharros en la Plaza de los Álamos y los vecinos y vecinas se aprovisionaban
de orzas, cántaras, piporros, lebrillos y otros utensilios indispensables para
la vida diaria de los pueblos.
Allí, entre bromas
y probaturas en la cercana Fuente de Doce Caños, habría surgido una fiesta ya
centenaria. Este hilo conductor se aprecia, en efecto, en la fotografía
publicada, en la que se visualiza el trasiego de la gente, su participación en
la fiesta por encima de clases sociales y se vislumbra el lugar céntrico del
pueblo donde se instalaban los puestos.
La fotografía
descubierta refuerza el carácter cultural de esta fiesta del agua, alejada de
las que han proliferado en los últimos años para aliviar el calor. Tiene el
valor, como documento gráfico, de mostrar la época en la que fue tomada, siendo
en ese sentido un testimonio similar al fotoperiodismo, al presentar una
narrativa visual y una estética que definen el momento de su obtención.
Con estos
elementos, Los Jarritos llega cada año a Galaroza siendo una fiesta distinta,
repleta de elementos etnográficos y de diversión, con reseñas identitarias del
homenaje a las aguas y al medio ambiente que supone el evento. El rescate de
nuevas referencias, como la fotografía hallada, respalda la historia de Los
Jarritos, que sigue escribiendo capítulos, consolidando sus raíces en el mapa
cultural onubense y andaluz y demostrando que la memoria del Parque Natural
Sierra de Aracena y Picos de Aroche sigue viva a través de sus valiosos documentos.